El año de los fenómenos geográficos

¿Quién iba a pensar que nuestro destino estaba ligado a las corrientes marinas del Océano Pacífico?

Pensé que lo de arruinar la boda de la Bruja Concha iba a ser un evento divertido. Tanto que ni siquiera me molesté gran cosa por la estafa cuando Lady Revólver me dijo que había mentido y que en realidad no teníamos invitación ni boletos y solamente habíamos venido hasta la costa de Jalisco —a la misma playa en la que los maristas organizaban sus campamentos escolares— para tratar de arruinarle el casamiento a nuestra amiga de la preparatoria.

 

—Pero hombre, si querías que viniera contigo a arruinarle la boda a la Bruja Concha solamente tenías que decírmelo. No nos hacía falta la mentira. —Y hasta me recliné en el sofá y me afilé las uñas y pensé que, si este primer arruinamiento salía bien, quizás podría dejar mi trabajo como cobradora junior en American Express para dedicarme de lleno a arruinar las bodas de personas indeseables. Pilar Philippine, Arruinabodas Profesional. Ya veía las nuevas tarjetas de presentación que iba a mandar a imprimir apenas regresáramos de la costa.

 

Luego me imaginé a mi minúsculo y precoz sobrino objetando algo como “Pero tía, ser arruinabodas no es una profesión: es un oficio.” Oficio, profesión… daba igual. Lo importante era que arruinar bodas iba a ser para nosotras una actividad seria, elemental para el pleno desarrollo de nuestras sociedades postindustriales y capitalistas.

 

La cosa es que cómo me iba a imaginar que la idea que tenía Lady Revólver sobre arruinar una boda consistía más o menos en quedarnos encerradas en el hotel para incrustarnos de aburrimiento en los muros, para dedicarnos a observar el lento crecimiento de los días.

 

Una forma muy rara de arruinar una boda, esa la de Lady Revólver. Recuerdo que sacó de su maleta una larguísima caja de madera estilizada. Tuve un poco de miedo acerca del contenido de la caja porque la cosa se había puesto siniestra desde que le pregunté: “Revólver, ¿y qué vamos a hacer primero? ¿Tomar por asalto el camión del grupo versátil que va a tocar salsa noventera en la boda y hundir en el mar todo su equipo de sonido?” y ella me miró con unos ojos pétreos como arrecifes y me dijo “No. Vamos a esperar, Philippine. Solamente a esperar”.

 

Pronto lo supe: dentro de la caja había juegos de mesa.

 

Lady Revólver parecía creer que la mejor forma de arruinar la boda de la Bruja Concha era celebrando una pijamada de proporciones coléricas, así que pasamos un par de noches jugando sin parar con un Monopoly promocional de Game of Thrones y hasta riéndonos un poco. Tuvimos una plática del tipo de “¿Y te acuerdas de cuando Jerry le aventó un moco de King Kong al profe de Matemáticas?” y otros recuerdos malintencionados de nuestro paso por los ilustres colegios maristas de Guadalajara.

 

—¿Y te acuerdas de esa obra de teatro que tuvimos que presentar como examen final en la clase de Geografía?

 

—Qué oso, Philippine.

 

Supongo que lo del oso era por los horrendos trajes de papel crepé que tuvimos que fabricarnos. La maestra había pasado por todo el salón con una tómbola de papelitos con fenómenos geográficos anotados en ellos. No sé de qué extravagante libro de pedagogía habría sacado la miss esa idea tan ionesca, pero el punto es que por equipos debíamos preparar un drama psicológico protagonizado por los fenómenos geográficos a los que nos había tocado representar.

 

A Concha —Connie, como la llamábamos entonces— le había tocado representar a las corrientes marinas. Supongo que desde siempre fue lo suyo esa proclividad a lo sinuoso, a ser un río que corre como un secreto debajo de los océanos más ecuatoriales y remotos.

 

Mi papelito decía deriva continental y supongo que en eso ya se adivinaba un poco de mi futura tendencia a andar dando tumbos movida por el magma de la existencia.

 

Lady Revólver, en cambio, no quiso enseñarnos su papelito. Apenas lo sacó de la tómbola se lo guardó en la falda del uniforme con un movimiento impetuoso, casi cargado de vergüenza.

 

Acto seguido dijo que ella escribiría la obra y nos daría nuestros diálogos, que cada quien ensayara en su casa y que no le hiciéramos preguntas.

 

Ahora pienso que quizás Concha y yo debimos ver una advertencia en aquella forma de comportarse. Pienso quizás que Lady Revólver lo supo todo desde el momento en el que leyó su papelito de la tómbola y todos estos años la pasó tratando de superar la vergüenza que iba a terminar provocándole su destino.

 

No lo sé.

 

Lo que sí sé es que, después de tomar su carta fatal en el tarot geográfico, Lady Revólver se hundió en un raro estado de mutismo. Durante recreos enteros se sentó en la cafetería con nosotras, comiendo salchipulpos y sin decir una sola palabra, lo cual era muy incómodo porque Concha y yo nunca tuvimos mucho qué decirnos. “¿Qué tal la clase de Etimologías?” “¿Cómo te fue en Mate?” “Ah sí, había unas ecuaciones difíciles en el examen…” Preguntas genéricas para atravesar el desierto de una adolescencia que se parecía a un perro famélico, con las costillas expuestas.

 

Eso era todo lo que nos decíamos porque Lady Revólver siempre fue nuestra amiga pegamento. Si nos hubiesen representado con un grafo matemático, habríamos visto que el único camino para ir del nodo Philippine al nodo Concha era pasando por el nodo Revólver.

 

Y ahora Lady Revólver iba inflamándose de nuevo con ese silencio de ostra que iba a terminar por no caberle en el cuerpo y yo me preguntaba qué rayos, en qué momento íbamos a pasar a la acción en nuestro plan para el arruinamiento de la boda.

 

Por fin, a la mañana siguiente le dio la gana que saliéramos de nuestro encierro y diéramos una vuelta por la bahía.

 

—¿Ya viste? Sigue siendo la misma playa.

 

—Pues claro que era la misma playa.

 

La propiedad en la que los hermanos maristas organizaban sus campamentos escolares se encontraba apenas a un par de kilómetros de nuestro hotel y yo no entendía por qué la Bruja Concha había elegido una playa tan paupérrima para casarse. Supongo que por los recuerdos, pero, ¿por los recuerdos de qué?

 

En nuestro último campamento, yo recordaba haberme encontrado por accidente a la profesora de Dibujo sentada en unas rocas en el extremo sur de la bahía. La arena estaba plagada de unos cangrejos minúsculos de un azul que parecía llorar con demencia para hacerle compañía a la tristeza de la profesora.

 

Era una mujer joven —debió haber tenido la edad que nosotras teníamos en la boda— y recuerdo que, al preguntarle qué le pasaba, me dijo algo tan vago como que le dolía la vida.

 

Ese año —el año de los fenómenos geográficos— alguna perturbación debió suceder en la corriente del Pacífico, porque a todos terminó doliéndonos la vida un poco más de lo previsto por el pronóstico del clima que anunciaba Selene Feria en The Weather Channel.

 

Lady Revólver estaba clavada en su mutismo y recuerdo que por ese tiempo salía con un chico güero. Era un tipo insulso, con ese peinado que solo es frecuente en los hombres que nunca van a hacer nada con su vida. Recuerdo que lo peor era tener que aguantarlo mientras revoloteaba en torno a Revólver tratando de impresionarla con sus diatribas sobre cómo iba a ser ingeniero y a trabajar en un gran corporativo en el DF: en Santa Fe o en Interlomas. Creo que quería trabajar en una empresa que hace módems para el internet y actuaba como un verdadero alienado cuando hablaba del tema. Yo no sé cómo Lady Revólver podía sentirse atraída por un tipo cuyo único mérito era ser un groupie de los fabricantes de módems inalámbricos.

 

En todo caso, quizás a Lady Revólver no le gustaba el sujeto, porque ella acostumbraba salir solamente con tipos desechables. Sus políticas en lo que respecta a los hombres eran de lo más extrañas: la recuerdo tiempo atrás en mi casa, leyendo una revista en la que decía que las probabilidades de encontrar al hombre perfecto se incrementan si dejas ir al primer 37% de tus pretendientes.

 

Lady Revólver quería despachar a ese primer 37% tan pronto como fuera posible y, para no tener que abandonar a ningún candidato valioso, procuraba salir solamente con tipos que no le gustaban.

 

El Niño Módem debe haber sido uno de esos, y digo, la política de Revólver estaba bien, era muy respetable, pero, ¿por qué tenía que ser yo quien sufriese las consecuencias?

 

En ese campamento recuerdo que tuve que cargar con el mutismo de Revólver, con la incapacidad de comunicarme con Concha y con un montón de ridículas pláticas sobre módems y otros artilugios de la misma calaña.

 

Lo más inverosímil de todo era que Concha se reía. Yo jamás logré que Concha se riera de ninguna de mis burlas hacia el prójimo —y quizás ese era el motivo por el que nunca nos entendimos—, pero el Niño Módem decía: “Estoy desarmando un Cisco Lynksis Wireless de banda ancha” y Concha alcanzaba la fecha de caducidad marcada en su empaque a causa de tanta risa.

 

Quizás Concha era tan incapaz de relacionarse con los seres humanos que solamente podía reírse cuando se trataba de dispositivos electrónicos.

 

No lo sé.

 

Lo único que sé es que pronto comencé a hartarme de esa dinámica. Tuve que comenzar a dar caminatas yo sola por la bahía para poder aguantar la locura de ese encierro a costas abiertas. En una de mis caminatas me encontré a la miss de Dibujo llorando sobre una roca. En otra caminata subí hasta el risco en el que estaban las ruinas de la mansión, justo en el extremo norte de la bahía.

 

Decían que la casa la había construido un viejo rico para su amante y después lo clásico de todas las historias para asustar adolescentes: el marido de la mujer los encontró, los mató, los enterró en cachitos en la playa y las ruinas de la mansión se quedaron para servirles de nido a los alumnos maristas en sus primeras experiencias sexuales.

 

Me senté en una tabla de madera a contemplar el mar y un rato después se apareció Revólver. Estaba pálida como una luciérnaga sin combustible. Por primera vez en semanas se dignó a decirme algo:

 

—¿Sabes lo que es el fenómeno de El Niño?

 

Lady Revólver no se esperó a mi respuesta:

 

—Es un cambio ilógico en el patrón de las corrientes marinas. Las aguas del Pacífico se calientan. Causan estragos en toda la región del intertrópico.

 

—¿Ah sí? —No se me ocurría otra cosa qué decirle. ¿A qué venían a cuento sus disertaciones climatológicas?

 

—Tengo miedo, Philippine.

 

El mar crujía muy fuerte por delante de nosotras.

 

—¿Has visto que Connie ha cambiado mucho en este año?

 

Connie. La corriente marina perturbada por el fenómeno de El Niño. Sí. Antes yo recordaba a Concha como una niña taimada y blancuzca, con unos ojitos asiáticos como los puntos de un signo de admiración dibujados encima de la cara. Nadie le ponía los ojos encima nunca.

 

Pero ese año fue como si Connie hubiese acudido a un tratamiento con una bomba para inflar colchonetas. Unas curvas de dimensiones infrecuentes le fueron apareciendo en secreto, su piel blanca adquirió un resplandor marino y, antes de darnos cuenta de cómo, Concha se había convertido en una especie de diosa en la que los ojos asiáticos, antes anodinos y planos, la coronaban como el más interesante de sus atributos.

 

Y lo que la hacía más atractiva era que esos ojos semicerrados lo ocultaban todo incluso para nosotras: el interior de Connie era un búnker antisísmico en el que nadie entraba no por estar excesivamente protegido, sino porque quizás no había gran cosa de interés adentro. Connie era en realidad un problema matemático tendiente al error, un signo lingüístico que, a fuerza de ser solamente un garabato, era completamente intraducible. Pero nadie lo sabía. Y todos los enigmas —aun los simulados— saben tentar a los más incautos.

 

No le respondí nada a Lady Revólver, pero yo sabía de lo que me hablaba. Entonces ella me confesó:

 

—Tengo miedo. Si a Connie le tocaron las corrientes marinas y a mí me tocó el fenómeno de El Niño… ¿qué va a ser de nosotras, Philippine?

 

Pronto supimos qué fue de nosotras. Al día siguiente, Lady Revólver y yo volvimos a subir a la mansión del viejo rico y tuvimos a mal pasar por la Tina de Cleopatra. La única cosa que había quedado en pie de toda la casa era la Tina: una formación rocosa natural en la que el mar formaba una alberquita plagada de corales muertos.

 

Recuerdo que hacía un viento atroz que agitaba a las palmeras como cilios de un intestino enfermo. Iba a llover y los profesores querían que todos estuviéramos en el campamento, pero no nos importaba. Estábamos resueltas a nadar en la Tina de Cleopatra.

 

Lady Revólver andaba de mejor humor, incluso reíamos juntas. Mientras bajábamos las escaleras de roca que llevaban a la Tina, íbamos haciendo un top ten mental de los momentos en los que el Niño Módem se había comportado como un verdadero engendro de la naturaleza.

 

—Ya deberías dejarlo, Revólver —le dije.

 

—¿Ya?

 

—¡Ya de ya!

 

Revólver asintió con una risita.

 

—Pero todavía no tengo listo al siguiente, Philippine.

 

Ni lo tuvo.

 

En la Tina de Cleopatra nos encontramos a Concha dejando que el Niño Módem le metiera todos los dedos de sus extremidades electrónicas. A mí me sorprendió ver el espectáculo, no tanto porque Concha fuese la beneficiaria, sino porque cómo era posible que el Niño Módem fuera capaz de meterle tantas cosas al mismo tiempo: sus cables coaxiales, su antena de Wireless, sus apéndices mecánicos… Y lo más inverosímil, lo más grotesco de todo era que Concha se reía: se reía sin parar como una bacteria de la peste bubónica burlándose de los antibióticos más potentes jamás inventados por la medicina.

 

Lady Revólver no dijo nada. Ni una palabra, ni un grito. Volvimos en silencio al campamento y entonces empezó a llover con una violencia desmesurada.

 

A la mañana siguiente nos dijeron que el profesor de Física estaba muerto. El tipo —que hacía poco le había puesto a Lady Revólver un reporte por mala conducta en una práctica de laboratorio— se había ahogado después de forcejear contra las corrientes de la playa. Encontraron su cadáver en los acantilados bajo la Tina de Cleopatra.

 

Al regresar a Guadalajara, presentamos el drama geográfico de fin de cursos. Lady Revólver escribió para Concha un papel servil, humillante, en el que su corriente marina debía rendirle sumisión y pleitesía total al fenómeno de El Niño. Revólver le dijo a Concha que no volvería a ir con ella a las clases de kickboxing y entre nosotras dejamos de llamarla Connie y empezamos a llamarle la Bruja Concha, pero eso fue todo. No hubo más manifestaciones de rabia o de recelo.

 

En público, Lady Revólver siempre decía que no le importaba. “El Niño Módem era un paleto. Connie me hizo un favor al quitármelo de encima”, pero solo yo supe cuánto le importaba. Quizás por un cierto sentido de competitividad. Quizás por el instinto de conservación de su amor propio.

 

Después de eso, Lady Revólver ya no pudo avanzar en esa carrera incesante que llevaba para deshacerse del 37% de los hombres de su vida. Durante seis años salió con un tipo que la humillaba y le impedía vestirse con pantaloncillos cortos y tener amistades masculinas.

 

La Bruja Concha, en cambio, demostró tener un talento natural para el atletismo, para esa carrera de obstáculos que consiste en ir saltando de verga en verga sin jamás engancharse con ninguna. Les bajó los novios a tres o cuatro de nuestras amigas satélite. Anduvo con un profesor de Historia del Arte. Se comprometió con un tipo que dejó la universidad para juntar dinero para la boda trabajando en el norte. Mientras el sujeto lavaba platos por ocho dólares la hora en un Taco Bell, la Bruja Concha lo engañó con el tipo con el que finalmente habría de casarse.

 

Para entonces, Concha ya había adquirido un mal hormonal que la hizo atravesar de nuevo por aquel tratamiento con una bomba para inflar colchonetas, solo que esta vez Concha se hinchó de manera uniforme y se convirtió en una especie de tamal de piña con ojos asiáticos. El resplandor marino de la piel se le convirtió en gotitas de grasa y Concha acabó por ser una de esas chicas que a los veintitrés años ya son todas unas señoras.

 

Una de nuestras amigas satélite la vio y dijo que su mal hormonal la hacía atravesar por unos fríos antárticos, así que, en la plenitud de nuestra ciudad tropical, ella tenía que usar suéteres beiges y chalecitos. También usaba las zapatillas flat con calcetines de puntillo. “Flats con calcetines, qué oso”, nos dijo aquella amiga satélite cuando nos contó de su encuentro con la Bruja Concha.

 

Debimos figurarnos, quizás, que la pobre terminaría siendo una señora desde una edad tan temprana. Hay niñas a las que se les huele la señoridad desde la adolescencia, niñas que son más bien señorascentes. Lady Revólver y yo siempre tratamos de vacunarnos contra la señorascencia y véanos ahora. Véanme a mí: yo seré una de esas chicas que dejan de verse como niñas cuando empiezan a verse como cuarentonas y no pasan nunca por esa edad de la plenitud femenina. La plenitud de Concha, en cambio, había sido una sonrisa con caries, una avioneta con defecto de fábrica que ya no podría volver a aterrizar en ningún aeropuerto.

 

Yo pensaba que quizás la Bruja Concha ya había tenido suficiente castigo.

 

Pero aun así ahí estábamos, siete años después, bajando las escalerillas de roca de la Tina de Cleopatra para tratar de terminar lo que no pudimos hacer en aquel fatídico año de los fenómenos geográficos.

 

—¿Sabes qué fue lo que pensé durante todos estos años, Philippine? Que nunca pudimos bañarnos en la Tina de Cleopatra —me dijo Lady Revólver mientras hundíamos el vientre en esa pila de corales muertos y, apenas Lady Revólver tocó esas aguas que se conectan con el Pacífico por extraños vericuetos, el cielo, ya nublado, comenzó a arremolinarse en torno nuestro.

 

—¿Y qué vamos a hacer ahora, Revólver?

 

—Nada. Nos bañaremos. Vamos a seguir esperando, Philippine.

 

Y adentro de la Tina de Cleopatra esperamos a que se conjurara Patricia, el huracán más brutal de toda la historia de los registros climatológicos.

 

Selene Feria y toda su secta de lectores del teleprompter meteorológico de CNN en Español y The Weather Channel nos quisieron hacer creer que el huracán era una cosa infrecuente, pero explicable: había que pensar en el fenómeno de El Niño, en el calentamiento global y su estrago sobre las corrientes del Pacífico.

 

Lo que ellos no sabían era que el calentamiento global nada tenía que ver con esto y que en realidad El Niño más violento de la historia era el producto, la pena irrevocable a la que una profesora de Geografía nos condenó al echarnos las cartas de su tarot geográfico; ellos no sabían que todo esto era una rabia, una amargura adolescente fermentada durante siete años al calor de los veinte mil soles del océano Pacífico.

 

Ahora el huracán Patricia iba a acabar con nuestro mundo para siempre: todo con tal de arruinarle a la Bruja Concha el muy infame día de su casamiento.

 

Ilustración: Strange Beach – jkroots

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